header-04

Referencias históricas sobre el Alumbrado Público en Tucumán

Trabajo de la Lic. Sonia Assaf (sonia@ct.unt.edu.ar)

“Hago saber -decía un bando de 1813- a todos los vecinos, estantes y habitantes de cualquier clase y educación, que habiéndose realizado el laudable proyecto de colocar faroles de cristal en las calles para iluminación de la ciudad, del que resulta beneficio público, ya por el ornato, lucimiento y decencia, como por los males que se evitan, desterrando la oscuridad y lobreguez de que saben aprovecharse las ánimas pervertidas en el logro y consecución de aquellas criminales ideas que inspiran la ambición y maledicencia, ordeno y formo el siguiente Estatuto, y mando se guarde, cumpla y ejecute en todas sus partes”

Precisaremos de entrada los límites de este aporte. No tiene más pretensiones que la de arrimar algunas noticias históricas acerca del alumbrado público en San Miguel de Tucumán. Proviene de una licenciada en Historia que ha querido espigar, en la escasa bibliografía disponible, un manejo de datos que supone interesantes, previa excusa sobre su incompetencia en la materia estrictamente técnica del tema. Por lo demás, es un asunto que merece estudiarse en profundidad; como muchos de los que, a pesar del servicio incalculablemente valioso que prestan al hombre moderno, no ha merecido todavía la atención de los historiadores.


Doy por supuesto que iluminar sus casas y sus calles, ha sido una preocupación de las personas desde tiempo inmemorial. En lo que a Tucumán respecta, el historiador Julio P. Avila, proporciona referencias interesantes que arrancan al terminar la colonia. Sostiene que, hasta 1810 (el año de la Revolución de Mayo) la iluminación de nuestras calles se hizo utilizando faroles de papel. Los mismos “eran colgados del frente de las casas, de donde se retiraban todos los días, particularmente cuando el tiempo amenazaba lluvia”.

Agregaba que “el empleo del candil con aceites ordinarios y una mecha, era muy general en las noches sin viento. La falta de luz, y de pavimento, y las malas veredas, así como la ausencia de agentes de policía, explica suficientemente la costumbre de fijar la hora de la queda, es decir las diez de la noche”.

Habría que llegar hasta 1813 cuando el teniente de gobernador de esta ciudad (que hasta entonces dependía de la Intendencia de Salta), comandante Antonio Luis Beruti, firmó un bando dirigido al vecindario de San Miguel de Tucumán.

“Hago saber -decía el bando- a todos los vecinos, estantes y habitantes de cualquier clase y educación, que habiéndose realizado el laudable proyecto de colocar faroles de cristal en las calles para iluminación de la ciudad, del que resulta beneficio público, ya por el ornato, lucimiento y decencia, como por los males que se evitan, desterrando la oscuridad y lobreguez de que saben aprovecharse las ánimas pervertidas en el logro y consecución de aquellas criminales ideas que inspiran la ambición y maledicencia, ordeno y formo el siguiente Estatuto, y mando se guarde, cumpla y ejecute en todas sus partes”. Resalta los factores de tributos, seguridad y estética. Que también hoy en día tiene el alumbrado.

El “Estatuto” de Beruti (nombre pomposo de lo que hoy llamaríamos simplemente ordenanza municipal) era bastante minucioso. Disponía que “los mercaderes, pulperos y artesanos” podían seguir utilizando faroles de papel; “pero, como no correrán en lo sucesivo con el cuidado de su alumbrado, pagarán dos reales mensuales”. La misma tasa se pagaba en Buenos Aires. Establecía, asimismo, que “todos los vecinos comprendidos en las ocho manzanas de frente a la plaza (hoy Independencia), inclusive los triángulos de las esquinas que tengan puertas de calle o vivan en cuartos sin mercaderías, sean propietarios o inquilinos”, contribuirían con la misma suma, “aún siendo transeúnte o de reciente ocupación, siempre que permanezca cuando se haga el cobro”. Es el primer tributo que se impone sobre el alumbrado.

Dicho cobro sería efectuado por el Ministro Tesorero, que a esos fines designaría un recaudador. Otras de las disposiciones expresaba que se mandaría “comprar las velas por mayor y dar las precisas, menos en las noches de luna, siempre que ésta alumbrase la mayor parte de la noche”, y que “esta economía serviría para aumentar los faroles o reponer los quebrado”.

El 20 de setiembre, Beruti dictó otras medidas tendientes a asegurar la integridad de los faroles. Mandaba “que ninguno juegue a la pelota en las inmediaciones de un farol, ni tampoco al juego que llaman la chueca, ni al toque de trompos”. Además, las carretas debían marchar “por medio de la calle, no pudiendo los carreteros parar las picanas en pared que tuviese farol”. En caso de rotura, los vecinos estaban obligados “a denunciar y embargar al delincuente hasta dar parte al alcalde ordinario, quedando mancomunados en el reintegro, en caso de omisión o descuido”.

Se sabe, por otros artículos del Estatuto, que en la iluminación se habían utilizado dos clases de faroles: unos colocados en altura, y otros “que podían sacarse con el gancho corto”, los que debían ser recogidos dos veces por semana, por la mañana, para efectuarles la limpieza. O sea, había un servicio de mantenimiento y preocupación por la limpieza.

Avila transcribe también algunas cuentas de los proveedores de la iluminación: allí están los pagos por “hechura de fierro para farol”, por cajones de vidrios, por “una punta de diamante” para cortarlos, “comprada en Buenos Aires”, etc., además de la compra de velas. Entre los acreedores del ramo, aparece Thomas Ramsay, uno de los prisioneros tomados en Buenos Aires en las invasiones inglesas, que se había casado y afincado en Tucumán: cobraba 7 pesos y 6 reales, por “la hechura de un farol nuevo, y más 6 reales por compostura de picos de farol”.

En cuanto al alumbrado privado, dice Avila que “en las casas humildes se prefería el candil a la vela, por resistir más al viento; en la generalidad de las casas, la vela de sebo y, en las de personas acomodadas, el mechero de cuatro luces, alimentado con aceite de potro”. Era el mechero un aparato metálico “con un depósito del cual salían, por pequeños agujeros, cuatro mechas”. Apunta Avila que se los empleaba en gran número para conseguir buena luz en las casas, cuando había fiestas o recepciones de algún tipo. En las viviendas de gente acaudalada, los mecheros estaban dispuestos “en forma de quinqués o arañas” y, para el velador de los dormitorios, “se usaba mecheros pequeños, algunos artísticamente cincelados”.

Las velas se acondicionaban en candeleros de plata, cada uno con sus despabiladeras, para poder cortar la mecha quemada sin producir humo. Comenta este historiador que, por tales medios, las casas coloniales “podían llegar a tener una excelente iluminación o estar casi a oscuras: todo era cuestión de dinero”.

La iluminación tenía también un costado de notable incidencia económica. Piénsese que la fabricación de velas “hechas mediante moldes, por lo general de seis de ellas, constituía la ocupación de cientos de mujeres, que con sus cajones se estacionaban en la plaza, en tanto número ofreciendo el artículo, como las vendedoras de jabón, arrope, quesillos o patay”.

Las cosas no debieron haber sufrido modificación alguna desde entonces hasta la época posterior a la Organización Nacional, salvo el hecho de que las velas fueron sustituidas por el querosén. Un dato un tanto deprimente nos aporta el médico Domingo Navarro Viola, en su crónica de visitante de Tucumán dos años después de la
batalla de Caseros, en 1854: consigna simplemente que “el alumbrado público es malísimo”.

Los faroles a querosén eran atendidos por la “Institución de serenos”, que comenzó a funcionar desde 1857. En 1870, por ejemplo, la flamante Municipalidad disponía extender ese tipo de alumbrado “a siete cuadras más de las que existen y -agregaba- auméntese con 12 faroles el recinto de la plaza Libertad” (es la actual Independencia).

Al iniciarse la modernización de nuestra capital, por la llegada del ferrocarril (que ocurrió en 1876), se mejorará notablemente también el servicio del alumbrado público. Así, en 1882, se contrata a Jorge Paverini para mantener limpios y pintados los faroles del alumbrado público; alumbrado que por entonces se brindaba con 400 de estos artefactos, de los cuales 350 eran propiedad del municipio, pero siempre funcionando a querosén. Hay que aclarar que, desde la década de 1870, la Municipalidad cobraba una tasa para costear el servicio. Esto es importante: el servicio es costeado a través de una tasa, y el vecindario la paga gustoso.

Así seguían siendo las cosas, en la década de 1880. Correspondió al intendente José Padilla (cuyo nombre lleva con justicia un pasaje céntrico de esta ciudad), realizar el gran avance en ese sentido. Avance que, sumado al de haber abierto las cuatro avenidas, basta para definirlo como uno de los más progresistas jefes de la comuna de Tucumán, junto a Zenón J. Santillán, Angel Cruz Padilla y muy pocos más.

Padilla, en primer lugar, elevó sustancialmente el número de los faroles a querosén, que pasaron de 562 que había en 1886, a 1.021 en 1888. Inmediatamente, logró del Concejo Deliberante la ordenanza que le permitiría contratar la revolucionaria innovación de la luz eléctrica.

El encargado de ponerla en práctica, por contrato con el municipio, fue un señor llamado Francisco Kullak. De acuerdo al compromiso que firmó, debía instalar (en los lugares del centro de la ciudad que la Intendencia determinaría) la cantidad de “17 focos -arco voltaico- sistemas perfeccionados de Schukert Nuremberg y Siemens, Berlín, combinados, con poder cada uno de 16 mil bujías nominales” expresa el contrato. Los mismos debían estar prendidos “todas las noches, desde el crepúsculo, disminuyendo por mitad la potencia de los focos desde las 12 p.m., siempre que la plaza Independencia y sus alrededores queden mejor iluminados a querosén”. Esto se aplica aún, en el sistema de “Media Noche”: se reduce la potencia a la mitad a partir de esa hora.

La Municipalidad pagaría a Kullak 1.350 pesos mensuales por este servicio, precio que crecería proporcionalmente si aumentaban los focos. Debía “establecer la usina en un punto céntrico de la ciudad”, y se lo autorizaba para “hacer el servicio de alumbrado eléctrico particular”. Se lo eximía, además, de impuestos.

La novedad fue subrayada elogiosamente por el gobernador Lídoro J. Quinteros en su mensaje a la Legislatura, en setiembre de 1889. “Desde el 1 de marzo del corriente año -dijo- se encuentra la ciudad iluminada a la luz eléctrica y a la altura de las primeras de la República, en este ramo de los servicios públicos”. Hay que recordar que en 1889 fue inaugurado definitivamente el servicio eléctrico en Buenos Aires. El referido logro tucumano, junto con otros de orden edilicio, resaltaba, “es la obra de 2 años, y cábele gran honor en ella al actual intendente, don José Padilla”.

Marco A. Maciel, compilador del “Digesto Municipal”, apunta que el contrato de la Municipalidad con Kullak puede considerarse “un ensayo, por el reducido número de focos, como por su corta duración”. De todas maneras, la progresista intendencia Padilla tuvo el tino de no otorgar demasiada exclusividad a aquel concesionario. Por una ordenanza de noviembre de 1888, se autorizaba al intendente para “conceder permiso a cualquiera que solicite para ensayar sistemas de alumbrado eléctrico en la ciudad, con excepción del (sector) concedido al empresario Kullak, y también para contratar el alumbrado público a luz eléctrica en los barrios de la ciudad no comprometidos, siempre que las erogaciones del nuevo sistema no superen a las del alumbrado a querosén”.

Así fue que aceptó, ese mismo mes, la propuesta de Cassels, Ovando y Cía., para alumbrar un perímetro distinto al concedido a Kullak. El historiador Ventura Murga proporciona, en un interesante trabajo de investigación, minuciosos datos sobre el proceso posterior a estos comienzos del alumbrado, y los utilizamos generosamente en adelante.

En 1889, hubo un nuevo contrato con Kullak, esta vez asociado con el empresario Sosa. La ordenanza de 1889 sirvió de base también, en 1893, para una nueva licitación del alumbrado, con un mínimo de 100 focos. Ya había caducado, por entonces, la Cía. Kullak y Sosa, por lo cual Cassels, Ovando y Cía. fueron encargados de reemplazar los focos correspondientes a aquella.

Así siguieron las cosas hasta 1895, año en que se realizó una cuidadosa licitación del servicio de alumbrado público eléctrico en la ciudad. Una comisión especial del Concejo Deliberante estudió el asunto, utilizando la experiencia de poco más de un lustro con que se contaba. Se estableció que el alumbrado debería prestarse con lámparas eléctricas de arco voltaico de 1.200 bujías, en número no menor de 75, y también 150 lámparas de incandescencia de 20 y 32 bujías cada una, sin perjuicio de aumentarlas si las necesidades del servicio lo requirieran. Los focos de arco voltaico debían tener corriente de 6,5 amperios como mínimo, con presión (sic) de 40 a 50 voltios y un consumo de energía de 300 vatios. Estas lámparas incandescentes instaladas en 1895 todavía están vigentes, aunque en proceso de erradicación.

La ordenanza preveía, respecto de los cables conductores, su instalación a una altura adecuada, para no molestar el tráfico callejero. Se colocarían columnas de hierro fundido, con un brazo de 4 metros de vuelo. En cuanto a la usina, la empresa debía establecerla “en cualquiera de las manzanas situadas en las calles de ensanche”, refiriéndose a las disponibles tras la apertura de los cuatro boulevares o avenidas.

Resultaron favorecidos con el contrato, de acuerdo a estas nuevas pautas, los empresarios Cassels y Ovando.

Pero el año 1895 es también muy importante por el hecho de que marcó el comienzo de la luz eléctrica domiciliaria: una ordenanza del 19 de setiembre de 1895 hizo algunas modificaciones al contrato de Cassels y Ovando, agregándole el permiso permanente para proveer libremente el nuevo alumbrado a las casas de familia del municipio.

Dos años más tarde, Cassels y Ovando transferían su contrato a las empresas The River Plate Electric Light y Traction Company Limited, convenientemente autorizados por ordenanza. Al año siguiente, 1898, apareció otra novedad: la instalación subterránea de cables. En cuanto a la usina, ese mismo año se otorgó, a la empresa Piera, Bertomeu y Cia., la concesión para instalarla y transmitirla por cables tendidos bajo tierra.

Así arribó el final del siglo XIX. En la memoria del intendente Zenón J. Santillán relativa a 1899, afirmaba que “se iluminó la ciudad en 280 cuadras, con 107 focos de arco voltaico y 198 faroles de querosén”. Lo que demuestra, como subraya Murga, que el viejo sistema seguía coexistiendo con el nuevo.

Este historiador narra una curiosidad de la época inmediatamente posterior. En 1901, el Concejo Deliberante dispuso hacer practicar por medio de “un ingeniero especialista


Comparte esta Nota:
Bookmark and Share

No comments yet

Leave a Reply





XHTML: You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Mas Vistos

Stats

eXTReMe Tracker